Presento este mes un libro que me ha dejado un sabor agridulce, como un cierto regusto a decepción. Y no porque sea un mal libro, que no lo es en absoluto; o porque no tenga mérito el haberlo escrito, que sí lo tiene y mucho. Valga decir además que se trata de la autobiografía de una mujer valiente y luchadora, como lo son los naturales del Callao. Pero, sinceramente, pensaba que una experiencia de veinticinco años de misionera y estar casada con un indígena shipibo darían para algo más: para algo más de introspección, algo más de entrar en el fondo de la cosmología indígena, algo más de cuestionarse la propia visión del mundo, algo más o tan siquiera un poquito de revolución interna.  No ha sido así.

Rebeca  Ribadeneira nos presenta de principio a fin el mismo discurso monolítico y uniforme pegado fielmente a la doctrina tradicional de la iglesia, asumiendo implícitamente la misma premisa básica que a la vez trata de criticar: que hay una forma de ver el mundo auténtica, buena y verdadera, la suya, y una visión errónea y desfasada, la de los pobres indígenas a los que hay que evangelizar.

A partir de ahí, poco más: despacha un tema tan central en la cosmovisión shipibo como las ceremonias de ayahuasca con el despectivo comentario “alucinaciones grotescas” y pasa de largo sobre el asunto; narra, eso sí, una interesante experiencia cercana a la muerte que le sucedió después de perder su cuarto embarazo, es el único momento en que trasciende por un momento la religión para entrar en el reino de la espiritualidad, sacando, sin embargo, poco partido de tal vivencia.

Después de citarnos un aluvión de asociaciones que trabajan con indígenas (llego a contar hasta treinta y cuatro) y repetir hasta la extenuación las palabras bilingüismo y multiculturalidad, lo que a continuación nos encontramos es una muy limitada capacidad de introspección, ningún cuestionamiento de los propios parámetros mentales, poca trascendencia, mucho menos aún multidimensionalidad. Religión plana y monocorde de principio a fin, ausencia total de transformación personal.

Testimonio de vida de una brava mujer chalaca que nos deja finalmente la impresión de que, una vez más, con la iglesia hemos topado.

Por Miguel Ángel García